Había bares en Sevilla donde se iba simplemente a convivir y la ciudad respiraba a traves de sus tabernas, donde se acudía a hablar de fútbol, de toros o de política. Y luego estaba El Joven Costalero, donde se entraba como quien cruza una frontera invisible entre la Sevilla oficial y otra ciudad secreta, nocturna, barroca y desordenada que sobrevivía al margen de los mapas turísticos y de las buenas costumbres.
A finales de los años ochenta, antes de la expo del 92. Calle Torneo, aquel local situado junto al monasterio de San Clemente era ya un pequeño mito de madrugada. Un refugio de bohemios, capillitas heterodoxos, músicos, fotógrafos, buscavidas y noctámbulos sentimentales que parecían escapados de una película imposible dirigida a medias entre Rafael de León y Quentin Tarantino.
Torneo era entonces otra cosa. Nada de paseos amplios ni avenidas luminosas. Era una espalda industrial de Sevilla: talleres, tapias húmedas, almacenes, olor a río y sombras de camiones descargando mercancía al amanecer. Y allí, casi frente al silencio conventual de San Clemente, brillaba el rótulo de El Joven Costalero.
Dentro cabía media Sevilla irreverente.
Hoy desde las Tertulias en Tradiciones Sevillanas desde Onda Sevilla radio y trabajadera radio damos sentido como si fueses aquellos tiempos, voz a todos los protagosnistas de la Ciudad de Sevilla.
Algunos personajes mas conocidos y otros anonimos para dar sentido y altavoz a lo que siempre se habla o hablaba en las tabernas, transportado desde las ondas para que usted pueda saborear aquellos tiempos o los actuales donde todo se habla de forma natural.
Como pasaba con Curro Romero habia partidarios y contrarios a su figura e incluso ellos mismos se contradecian en muchas veces.
Por ello desde el programa de Tradiciones pedimos disculpas si en alguna ocasion algun tertuliano o comentario no es del agrado, pero que en la tertulia siguiente o anterior se ha podido rectificar con cualquier otr comentario en positivo. Ese es el caracter e indole que cada uno cuanta su verdad u opinion sin que el programa se haga responsable de sus afirmaciones.
Por eso las Tertulas de radio quieren parecerse a ese local recuperando un trozo de aquella Sevila, parecía construido con retales emocionales de la ciudad. En las paredes convivían carteles de Semana Santa con fotografías de películas de serie B, estampitas de vírgenes bajo luces rojas de neón y retratos de James Dean observando a cuadrillas de costaleros. Sonaban marchas procesionales mezcladas con rock americano, saetas que daban paso a Lou Reed o a guitarras psicodélicas mientras el humo del Ducados se confundía con el incienso barato que ardía junto a una hornacina improvisada.
Aquello no era decoración. Era una declaración de principios.
En una mesa discutían dos cofrades sobre si la Macarena andaba mejor de frente o de costero. En otra, un pintor de barba bíblica dibujaba nazarenos sobre una servilleta manchada de vino. Al fondo, un estudiante recitaba versos de Rafael de León como si fueran proclamas revolucionarias. Y entre todos ellos aparecía la cuadrilla de Los Ratones, legendarios, mitad hermanos de penitencia y mitad banda callejera del arrabal sevillano.
Entraban siempre haciendo ruido. No por escándalo, sino por presencia. Alguien encendía otro cigarro. Y la noche seguía creciendo lentamente, como una chicotá interminable.
El Joven Costalero funcionó como un laboratorio sentimental de la ciudad. Allí se encontraban quienes no terminaban de encajar en ninguna parte: cofrades con alma punk, artistas en ciernes, noctámbulos incorregibles y personajes que parecían sacados de un casting andaluz para Pulp Fiction.
Por ello en las tertulias de radio en especial las del mundo del costal, intentamos conservar aquella atmósfera de liturgia canalla y bohemia irrepetible.
Por eso en nuestra tertulias se habla de la memoria de la ciudad para que se haga presente, al gual
que ciertos lugares no se clausuran nunca del todo porque esta en el sentimiento de aquellos que viven las tradiciones. Hoy apenas quedan algunas fotografías borrosas de aquel bar, recuerdos contados de barra en barra y relatos de madrugada. Pero quienes alguna vez atravesaron la puerta de El Joven Costalero siguen hablando de él,
como se habla de los bares verdaderamente importantes: no como un negocio desaparecido, sino como un estado de ánimo.