El aire queda inmóvil en una soledad que ya no tiene Sevilla, imágenes
inusuales que ya no se encuentran, quizás en pocos destellos. Perdida en esos
delantales, donde cada casa es un misterio.
Aprendí pronto que hay que precisar los afectos. En esa construcción de
años, con sus propias normas, viraban donde había un delantal. Con sus diferentes
formas de sentir, vivir y afrontar los
vaivenes de la vida. Pero con un mismo conducto común que era el arte y la improvisación.
Ahora todo debe ser con mucha prudencia. Ahora a todo el mundo le ha dado por poner el
ojo en la cerradura de los hogares ajenos. Y siempre hablando que lo suyo es lo
mejor y que ellos tienen los niveles exactos de la perfección. Observan y
juzgan.
Aquí en el sur antes se opinaba con arte, se cuestionaba e intentan
reconducir las existencias de los demás. Con mucho “age” y sentido de caridad cristiana.
Hoy día muy desvirtuado.
Pero si algo de interesante tiene la vida, es su desconcierto. Sus
extrañezas. Y sus diferencias. Todavía mas cuando tenemos el recuerdo de
aquella chispa innata que lo hacia todo mas luminoso.
Porque el carácter de una ciudad se mide en la forma en la que se disfrutan
los buenos y malos momentos.
Ahora parece que todo el mundo tiene un plan, un método y un propósito. Ya
nada se deja a la improvisación…que aburrimiento…pero yo me crie con vivencias llenas
de ingenio, donde todo era mas natural, no haiba nada impostado, donde se va
improvisando la existencia. Una de esas décadas de otro siglo con sus tragedias
y su felicidad inesperada. Con sus enfermedades, sus heridas y sus curas. Una Ciudad
ruidosas, que hoy dia esta plastificada.
Una ciudad que hoy dia avanza a empujones, cuyo único argumento debería ser
el amor desmedido, pues hay brota la gracia. Dejen a Sevilla improvisar, no la
encorseten con un mapa que es apenas un bosquejo. Es lo de menos el rumbo,
cuando las velas están cosidas con esperanza y ese luminoso entusiasmo que dan
los años compartidos con el embrujo de su gente.

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