jueves, 22 de octubre de 2026

Laboratorio sentimental

 

El aire queda inmóvil en una soledad que ya no tiene Sevilla, imágenes inusuales que ya no se encuentran, quizás en pocos destellos. Perdida en esos delantales, donde cada casa es un misterio.

Aprendí pronto que hay que precisar los afectos. En esa construcción de años, con sus propias normas, viraban donde había un delantal. Con sus diferentes formas de sentir,  vivir y afrontar los vaivenes de la vida. Pero con un mismo conducto común que era el arte y la improvisación.

Ahora todo debe ser con mucha prudencia.  Ahora a todo el mundo le ha dado por poner el ojo en la cerradura de los hogares ajenos. Y siempre hablando que lo suyo es lo mejor y que ellos tienen los niveles exactos de la perfección. Observan y juzgan.

Aquí en el sur antes se opinaba con arte, se cuestionaba e intentan reconducir las existencias de los demás. Con mucho “age” y sentido de caridad cristiana. Hoy día muy desvirtuado.

Pero si algo de interesante tiene la vida, es su desconcierto. Sus extrañezas. Y sus diferencias. Todavía mas cuando tenemos el recuerdo de aquella chispa innata que lo hacia todo mas luminoso.

 Y cuando más nos parezcamos unos a otros, más aburridos serán los barrios, sus hermandades, su gente y más oscuras las ciudades.

Porque el carácter de una ciudad se mide en la forma en la que se disfrutan los buenos y malos momentos.

Ahora parece que todo el mundo tiene un plan, un método y un propósito. Ya nada se deja a la improvisación…que aburrimiento…pero yo me crie con vivencias llenas de ingenio, donde todo era mas natural, no haiba nada impostado, donde se va improvisando la existencia. Una de esas décadas de otro siglo con sus tragedias y su felicidad inesperada. Con sus enfermedades, sus heridas y sus curas. Una Ciudad ruidosas, que hoy dia esta plastificada.

Una ciudad que hoy dia avanza a empujones, cuyo único argumento debería ser el amor desmedido, pues hay brota la gracia. Dejen a Sevilla improvisar, no la encorseten con un mapa que es apenas un bosquejo. Es lo de menos el rumbo, cuando las velas están cosidas con esperanza y ese luminoso entusiasmo que dan los años compartidos con el embrujo de su gente.



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