martes, 6 de noviembre de 2012

Monumentos Taurinos

Escrito Articulo por Jose Luis Lopez.

Repasando los toreros que han dejado huella en el sentir de los sevillanos, a lo largo de la historia, continuo echando en falta las figuras monumentales de algunos de ellos en plazas, calles o avenidas hispalenses. No es la primera vez que me hago esta reflexión, vuelvo a repasarlos mentalmente y se me viene a la memoria un articulo en el que escribía de los actuales bronces que se erigen en la ciudad del Guadalquivir, y que me atrevo de nuevo a reproducir, en homenaje a los que se fueron definitivamente, y también a los que se retiraron de los ruedos, dejando el traje de alamares para los museos, pero que continúan, ahora vestidos de calle, haciéndonos disfrutar de su presencia y de sus conocimientos.
Los monumentos que se erigen por plazas, paseos, jardines o glorietas de cualquier ciudad, se levantan, como todos sabemos, con la finalidad de recordar a alguien o algo, destacar la labor que hicieron o el campo en que ejercieron esa labor.
Esos recuerdos nos ayudan a familiarizarnos con ellos y con lo que han significado en nuestra historia. Y como para muestra vale un solo botón, vean, mi caso con el monumento a José San Martín, en la ciudad de Sevilla.
“Paseaba un servidor, un día del mes de Julio de 1.992, cerca de mi casa, por el recién inaugurado bulevar de la calle Torneo, poco mas o menos frente al nuevo auditorio “Rocío Jurado” de la Cartuja, cuando me encontré con un nuevo personaje esculpido en bronce, que en época de tantas cosas nuevas en Sevilla no debió de extrañarme demasiado, pero este, no se porque, me llamó bastante la atención y me produjo una natural curiosidad. Se trataba, según reza en una placa grabada en su peana, de Don José San Martín, “soldado de nuestras dos patrias”, General argentino y héroe de aquel país. La estatua en cuestión, se la ofrecen a Sevilla una serie de entidades sudamericanas. Pues bien, como esta situada en un lugar que frecuento con bastante asiduidad, poco a poco, me fui haciendo amigo de este señor, al que yo respetuosamente, por aquello de la edad…, le llamo Don José.
Don José, conoce perfectamente a toda mi familia y por supuesto conocía a mi perro “Valiente”, con el que no hacia muy buenas migas, pues a la menor distracción por mi parte, el can mojaba los pies de la peana en que esta encaramado el buen señor, y esto parecía no gustarle demasiado.
Igual que el me conoce a mi, yo también he llegado a interesarme por su vida y por lo que hizo, hasta el punto de conocer su historia, desde su nacimiento, en aquel ya lejano 25 de Febrero de 1.778.”
De no haberme encontrado con aquel personaje de bronce, aquella mañana de Julio del 92, un servidor no sabría nada, o casi nada de su historia.
Y ustedes, queridos amigos y aficionados, se preguntaran que donde sale lo taurino en toda esta larga parrafada. Paciencia que ya estamos en ello.
Sevilla, que es una ciudad que, por su belleza, clima y tradición, vive en la calle, y en la calle tiene lo mejor de su historia, ha sido y sigue siendo algo cicatera con sus toreros, con los que han hecho patria, paseando orgullosamente el nombre de Sevilla, por cualquier rincón del mundo que han visitado.
Las nuevas generaciones de sevillanos, están teniendo pocas posibilidades de encontrar por sus plazas y calles, monumentos taurinos con los que familiarizarse y hacerse amigos de ellos. Si los hubiera, además de hacer justicia a figuras que lo fueron todo en este difícil mundo del toro, se sentirían interesados, como si de cualquier amigo se tratara, por su vida y por su obra.
O es que cuando paseamos por el Altozano y vemos esa figura seria de Juan Belmonte, con el semblante altivo, y la barbilla alzada al cielo sevillano, como si estuviera desafiando toreramente a José, su más encarnizado rival en el ruedo y su más entrañable amigo fuera de él, no nos preguntamos: ¿quién es? ¿Que ha hecho? O cuando lo vemos mirando fijamente, desde su privilegiada atalaya trianera, a esa Maestranza a la que tantas y tantas tardes de gloria ofreció, no nos volvemos a preguntar: ¿Qué estará pensando Juan? Y hemos indagado en su obra y nos ha embelesado con su vida.
Continuando en este paseo por Sevilla, buscando monumentos taurinos. Dejamos Triana atrás, cruzamos el puente y embrujado por el Guadalquivir, sentimos la mirada perdida del “Pasmo de Triana” clavada en nuestras espaldas, hasta que alcanzamos la orilla sevillana.
La calma de la calle Betis contrasta con el bullicio de coches que van y vienen por la gran avenida que es el Paseo de Colon. Un corto trecho antes de llegar a la altura de la Puerta del Príncipe, el toreo de frente, serio y majestuoso de Manolo Vázquez, se hace presente en una obra del maestro Luis Álvarez Duarte, citando a su Maestranza un día del Corpus de 1.981, primera tarde en que Sevilla lo saco en volandas por la puerta de la Gloria del coso del Baratillo, pero Manolo no esta solo, unos pasos mas allá nos encontramos con ese bronce tallado que representa el arte, la gracia y el mejor toreo sevillano, al que pusieron de nombre Pepe Luis. Al verlo día tras día, ¿no nos mueve la curiosidad por saber que es lo que esta haciendo? y de preguntar al aficionado de turno, por el torero que allí se representa. Seguro que éste aficionado, haciendo gala de su sapiencia taurina, toma en su mano izquierda una imaginaria muleta y en la derecha otra, no menos imaginaria espada y trata de explicarnos, asombrado de que no lo sepamos: “¿Qué va a estar haciendo? está citando al toro con el “cartucho de pescao”.
Aprovechando su cercanía, el viejo aficionado, que en este caso es Fernando, un trianero de la cava, te invita a cruzar el Paseo de Colon, donde en el jardincillo que linda con la Maestranza, y hace esquina con la calle Antonia Díaz, se erige otro de los monumentos taurinos, del que podemos hacernos amigo en la ciudad de Sevilla, una obra maestra de Sebastián Santos Calero, que plasmó el arte y el sentimiento en la figura insigne de Curro Romero, del que aun podemos disfrutar viéndole pasear su facha de torero caro, y al que se le sigue añorando, recordando y buscándole sucesor, sin que aun se le haya encontrado… “Muchos son los llamados…”
Fernando, que hoy parece encontrarse elocuente, continua con las explicaciones y en ellas se le nota la vena currista “Este es Curro, el gran artista al que se le ha rendido y se le sigue rindiendo culto en Sevilla, el que provocaba que el tiempo se detuviera cuando se abría de capote para enjaretar una interminable verónica. El que hacia que esa diminuta muleta, mecida al compás de seguiriya e impulsada por sus muñecas prodigiosas, se convirtiera en mariposa de mil colores cuando “El Faraón” acariciaba la embestida de un toro bravo y se desplantaba en la misma cara, con esa repajolera gracia sevillana que solo Curro nos podía regalar” ¡¡Ole!! Por Fernando.
Después de resoplar de satisfacción por lo bien que le han quedado los piropos a su torero, continua su elocución sobre los monumentos taurinos sevillanos: “Solo nos queda el de Chicuelo, que fue tardío pero cierto. Por fin se hizo justicia con un torero tan importante como Manuel Jiménez “Chicuelo” al que el imaginero onubense Alberto German Franco, ha esculpido ejecutando una Chicuelina. El Ayuntamiento sevillano lo ha colocado en una placita a la cabeza de la Alameda, junto a ese genio del cante que fue Manolo Caracol y a la sin par Pastora Pavón “Niña de los Peines”, escoltados por Hércules y Julio Cesar encaramados en las columnas romanas del paseo sevillano. No hay más, -nos dice con cierta pena, nuestro amigo Fernando, y continua- yo, que por mi edad tengo bastante tiempo libre y me gusta pasear por Sevilla, me encuentro con monumentos a la Tolerancia, A Daoiz, héroe sevillano en la lucha contra los franceses, a Simón Bolívar, del que su autor Laiz Campos se olvido al esculpirlo, de que ningún jinete suelta las riendas de su cabalgadura para saludar con los dos brazos en alto. Me encuentro con artistas como Velázquez o Murillo, el pintor de las Inmaculadas. Con el monumento al Arte Flamenco, justo, justo a la verita de Juan Belmonte. Al genio austriaco de Salzburgo Amadeus Mozart, a Juan de Mesa esculpiendo al Señor de Sevilla, en la recoleta plaza de San Lorenzo, o a Juan Manuel Rodríguez Ojeda, excelente bordador hispalense. Yo, que me encuentro todos estos monumentos y muchos más, no puedo encontrar más que unos pocos monumentos que me hablen de toros.
¡Con lo que Sevilla ha sido en la historia de la tauromaquia!”
Mostrando en su voz quebrada, algo de resentimiento añadió:
Pero no hay más. Si quiero mostrarle vivo al mas poderoso de los que se han vestido de luces, tengo que desplazarme al ribereño pueblo de Gelves, para contemplar a un José exultante, viendo rodar a un toro, al que le ha recetado una estocada en todo lo alto, de la que ha rodado sin puntilla, o entrar en ese monumento entero que es el Campo Santo de Sevilla, para mostrárselo muerto y contemplar emocionado a ese grupo de hombres, mujeres y niños -gitanitos de bronce- que llevan a hombros el cuerpo sin vida del menor de los Gallo, al que le vino ha hacer compañía, algunos años mas tarde, su cuñado Ignacio Sánchez Mejias.
Muy cerca, y hermanado en la tragedia, se encuentra el monumento funerario a otra gran figura contemporánea del toreo, Francisco Rivera “Paquirri”. La figura desgarrada y poderosa del diestro gaditano, muestra su asombro, al verse sorprendido por las astas asesinas de “Avispado”.
Tomares, honra la memoria de su torero Ricardo Torres “Bombita”, segundo de la dinastía y fundador en 1.909 del Montepío de Toreros, con un monumento levantado en una de las plazas mas bellas del pueblo.
Camas, hace lo propio erigiendo un grupo escultórico y genérico a todos los toreros de su municipio.
La figura pujante de Espataco preside la entrada principal de la plaza de toros de Espartina.
Salvador García pregona a los cuatro vientos con su monumento al Toro, que Utrera, es la cuna de la bravura.
¿Y Sevilla? ¿Cuándo Sevilla se va a acordar de que es madre y maestra del toreo? ¿Cuándo va a rendirles justo tributo al toro de lidia y a sus toreros? A Nuestra Fiesta, a esos hombres que por ella lo han dado todo, en algunos casos, hasta su propia vida”.

Fernando, ha quedado exhausto después de la efusiva defensa de nuestra historia, se queda callado unos segundos y se marcha, despacio y cabizbajo, con andares de torero, camino de su Triana, recordando faenas que, posiblemente, solo existen en la ilusión de viejo aficionado.

Hasta la semana que viene, y que Dios reparta suerte

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