Cada
edad tiene su lenguaje. Me espantan del mismo modo los adolescentes diciendo «Bro»
que los adultos diciendo «sardónico».
A veces olvidamos que las palabras son una
forma de cercanía. Un lazo que une vidas. Del «buenas noches» a mis hijos al
«te echo de menos» escrito desde un tren a ninguna parte. Para esta nueva generación
están los libros que esperan ser leídos en las estanterías. Grandes referentes de
la literatura que mas de un “Bro” no conoce ni tiene intención, pues la sociedad
le ha inculcado que todo debe ser muy global y videos virales en redes
sociales. Un ejército de letras que
ondea la bandera blanca desde la trinchera de sus páginas, siguen esperando.
Estamos construyendo un mundo difuso, con demasiadas frases dichas
hacia dentro. A través de los muros de internet no pueden cruzar las palabras.
Se quedan ahí, como grafiteadas sobre el hormigón, ensuciando los paisajes
cotidianos.
Hay que decirlo todo. Hay que abrir el corazón sin miedo. Y aquí en
el sur de España los “cofrades” gente cristiana de hermandad es un hueco de luz
para exponerse, yo sé que mostrar nuestros sentimientos nos hace vulnerables,
pero hay que confiar en la bondad de los que escuchan. Y desde ese hilo
conductor traerán el yodo y no la sal. Necesitamos más palabras. Palabras
transparentes y cálidas. Palabras de empatía y de consuelo. Palabras de perdón
y de esperanza.
Necesitamos palabras. Como un ancla que vira en comprensibles,
universales, que sintamos como nuestras. Necesitamos un lenguaje que sea un
refugio como es la vida de hermandad y lo que le da a su barrio.
Que no nos roce como una
zarza lo global o lo que mueven las tendencias y si vivir las tradiciones como
lo hace la ciudad de Sevilla. Con intensidad, palabra y amor. Un lenguaje que
sea un abrazo bajo la lluvia. Un trago fresco tras la caminata. No hagamos el
mundo más difícil. Elijamos siempre la palabra más clara. Dejando siempre el
sentir de la Esperanza. Con la misma alegría que transcurre por la calle
Parras.
